Durante años hemos escuchado la mítica frase: “son solo perros”. Pero la realidad demuestra lo contrario.
Más de 7.000 perros guía en Europa permiten a personas con discapacidad visual y/o motora desplazarse con autonomía.
Los perros de terapia asistida han mostrado reducciones de hasta un 60% en síntomas de ansiedad y depresión en pacientes hospitalarios o con trastornos emocionales.
En personas con trastorno del espectro autista (TEA), convivir con un perro de asistencia mejora la comunicación social y reduce episodios de estrés en más de un 40%.
En jóvenes con TDAH, trabajar con perros en programas educativos fomenta la atención sostenida y disminuye conductas impulsivas, con resultados positivos en el 75% de los casos estudiados.
En situaciones de emergencia, perros de rescate entrenados localizan personas sepultadas con un índice de éxito superior al 95% en las primeras horas tras un desastre natural.
En el día a día, compartir la vida con un perro incrementa la oxitocina, la dopamina y la serotonina, mejorando el bienestar emocional y reduciendo el riesgo de depresión.
Además, la convivencia con ellos ha transformado su propia evolución: a diferencia del lobo, los perros han desarrollado expresiones faciales específicas para comunicarse con los humanos. Llevan miles de años adaptándose a nosotros.

Lejos de ser “solo perros”, son asistentes, terapeutas, rescatistas, compañeros y parte activa de nuestro desarrollo como sociedad.
Al fin y al cabo, nosotros “somos solo personas”.
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